En el núcleo de cualquier quehacer científico siempre yace la posibilidad o la esperanza de descubrir cómo las regularidades de nuestro vivir cotidiano reposan y se articulan desde el más profundo misterio.

En el núcleo de cualquier quehacer científico siempre yace la posibilidad o la esperanza de descubrir cómo las regularidades de nuestro vivir cotidiano reposan y se articulan desde el más profundo misterio en una coherencia implícita que explica aquella experiencia que llama nuestra atención y nos sorprende: lo hacemos desde un método refinado que no solo busca dar con un “mecanismo” que dé cuenta de la experiencia que queremos explicar, sino que también encuentre su armonía en otras experiencias adicionales que, imbricadas juntas en la regularidad que se conserva en un tejido sistémico más amplio, las une en una coherencia aún mayor, permitiendo expandir nuestro entendimiento más allá de lo que originalmente se quería explicar. Es lo que usualmente distinguimos como el método científico.

Cuando Einstein desarrolló su teoría de la relatividad general con el objetivo de explicar satisfactoriamente la atracción gravitacional, jamás se imaginó que dentro de las consecuencias que aventuraban sus ecuaciones se encontraría la existencia de los denominados agujeros negros o la expansión del universo. Heisenberg, luego de trabajar febrilmente con unas monstruosas matrices matemáticas en una isla desierta enclavada en el Mar del Norte, finalmente dio con la incertidumbre fundamental que rodea el mundo microscópico, sentando así las bases de la mecánica cuántica. Darwin hizo lo propio y, tras recopilar una infinidad de datos en sus múltiples viajes alrededor del mundo, propuso un “mecanismo” explicativo que redibujaría nuestro entendimiento acerca de nuestro origen e historia evolutiva.

La Ciencia históricamente se ha constituido como un modo de pensar y de explicar las regularidades de nuestro vivir cotidiano, arrastrando de este modo profundas consecuencias que se dejan ver sobre todo en los distintos avances tecnológicos que han configurado nuestra historia como seres humanos. Visto así, entender los fundamentos subyacentes en el modo de pensar y explicar científico nos puede dar una guía esencial sobre una problemática cada vez más presente hoy por hoy: ¿La Inteligencia Artificial (IA), tal como se exhibe hoy en día, será capaz de expandir por sí misma los horizontes del conocimiento que la Ciencia ha construido a lo largo de siglos?

El biólogo chileno Humberto Maturana propuso cuatro instancias implícitas que, al satisfacerse juntas, conforman lo que podríamos distinguir como un explicar científico:

La elección de una experiencia a explicar.

Proposición de un mecanismo generativo que si se lo deja operar dará cuenta de la experiencia a explicar.

Deducción de otras experiencias a partir de dicho mecanismo generativo.

Constatar que dichas experiencias suceden de acuerdo al punto 3.

Los primeros dos puntos los asoció a un acto poético, fruto de una inspiración que va más allá de cualquier operar lógico o racional. Es lo que el filósofo alemán Peter Sloterdijk enuncia con gran lucidez en su libro Esferas I:

“...quien apela a la inspiración admite que las ideas súbitas son sucesos no-triviales cuya ocurrencia no es posible forzar nunca”... “no es atribuible a la mera aplicación de normas ni a la repetición técnica de modelos conocidos de búsqueda y hallazgo”.

“...independiente de cualquier esfuerzo propio, de alguna manera ha albergado en su pensar a visitantes provenientes de otra parte”.

El punto 3 y 4 corresponderían, de acuerdo a Humberto Maturana, a un acto ingenieril donde esencialmente prevalece la articulación lógica que deduce las consecuencias latentes en el punto 2.

Desde este marco conceptual cabría preguntarse si lo que recientemente logró AlphaFold de Google al predecir las estructuras de las proteínas, que bien valió un Nobel a sus autores, o la refutación de una conjetura abierta por más de 80 años en la geometría discreta realizada por OpenAI, efectivamente es un logro que podría ser la antesala de una inteligencia capaz de ampliar los horizontes de nuestro entendimiento al aplicar el método científico.

Por lo dicho anteriormente, lo que han logrado los algoritmos de IA más bien resulta de haber aplicado el acto ingenieril de los puntos 3 y 4, cuyo terreno le es propio al operar lógico y deductivo.

Lo que pienso nunca se podrá externalizar es el acto poético de hacerse la pregunta; aquella que surge de una experiencia vívida y encarnada; la que nos permite escoger aquella experiencia que nos estremece y nos conmueve; la del acto creativo al que alude Sloterdijk y del cual finalmente emerge ese mecanismo generativo que responde la pregunta original y abre un nuevo territorio.

Es el pensar analógico constitutivo de lo humano lo que facilitó que surgiera “de la nada” ese acto poético que permitió a Einstein, a Heisenberg y a Darwin proponer sus revolucionarias teorías. Eso, dudo que se pueda externalizar, pues el operar de la IA es exclusivamente lógico. Por el contrario, la creatividad es un suceso no trivial, imposible de explicar, pero a su vez un fiel reflejo de lo profundamente humano.